En esta unidad didáctica leerás el relato Flan de chocolate, un cuento corto para aprender español de la escritora peruana Pilar Dughi, con actividades para trabajar la comprensión lectora y el vocabulario en clase de ELE. Es una lectura pensada para estudiantes de español de nivel B2. Las actividades que encontrarás en esta página son una pequeña muestra de la propuesta didáctica; puedes descargar la explotación completa para trabajar el cuento en profundidad haciendo clic aquí.
Pilar Dughi (Perú) publicó este cuento en 1998. La historia gira en torno a una reunión familiar y, a través de una situación cotidiana, nos acerca a las relaciones familiares, las emociones y algunos aspectos de la vida y la cultura peruana. Es un texto en español que permite trabajar la lectura y la comprensión al mismo tiempo que se descubren diferentes formas de hablar y de relacionarse.
Si buscas textos para aprender español, esta lectura puede ser un buen recurso para practicar la comprensión de lectura en español a partir de un cuento corto y trabajar vocabulario y expresiones en contexto.
Cuento corto para aprender español: Flan de chocolate de Pilar Dughi
🪖 Fragmento 1: La invasión
Era domingo. El día más inquietante1 de la semana porque mi familia viene a almorzar a casa. No es que yo visite a uno de mis cuatro hijos. Tampoco ellos me visitan a mí. Más bien llegan convertidos en un ejército invasor que planta sus banderas de ocupación en mis jardines. Lo que significa que debo levantarme temprano para recibirlos. Además tengo que mostrar una buena cara porque a la menor sospecha de desagrado, una de mis nueras o hijos me hace la pregunta acostumbrada, ¿te pasa algo? En ese caso, he soñado muchas veces en contestar: sí, sí me pasa algo. Por ejemplo, detesto que mis cuatro nietos se envuelvan en la ropa de cama para ver televisión y la conviertan en una montaña desordenada de mantas y almohadones. Que ensucien las sábanas limpias. Que mis nueras ordenen el escritorio, que cambien de sitio mis documentos y cuadernos, que echen a la basura los papeles que encuentran en el suelo sin dudas ni miramientos2. O esa maldita costumbre de mi hijo mayor de abrir el mueble del bar y elegir los vinos para el almuerzo sin consultarme.
Sin embargo, me callo. Soy un hombre de modales, lo que no es el caso de mis hijos, nueras o nietos. Así que era domingo y pude darme cuenta del tamaño de la tragedia cuando llegaron mis nietos acompañados de tres primos de su misma edad, entre tres y seis años. Edades particularmente terribles. Descubrirlos cruzando la entrada de la casa me asombró de tal modo que no pude levantarme del sillón donde acababa de terminar de leer los periódicos del día. Además los leo deprisa, antes de que ellos lleguen, porque mis hijos están en muy mala situación económica y no los compran, sino que los leen en mi casa y luego uno de ellos se lleva alguno al marcharse.
Mi hijo mayor tenía una cara dominguera. Festiva y alegre. Olía a colonia. Los otros no desentonaban3, lucían satisfechos, aunque no sé de qué, porque dos tienen problemas en sus trabajos, temen ser despedidos, y el menor hace tres años o más que anda con una amante; hasta donde estoy enterado, su esposa no lo sabe.
Yo continuaba sentado en el sillón. En la mañana me había levantado con grandes esfuerzos porque me sentía débil y resfriado. No tuve deseos de ponerme en pie para saludarlos. Fue una escena penosa4, lo es cada domingo, el estar acomodado en el sofá observando fuentes y fuentes de comida y bandejas de dulces pasar ante mis ojos. Esas fuentes terminarán dejando pequeños restos de comida en las esquinas de los muebles de cocina, engordando a las cucarachas. Era descorazonador saber que esas fuentes me obligarían a regar con repelente el piso de las alacenas5 al día siguiente, y no podría entrar en dos días, por lo menos. Y así es cada semana.
🥖 Fragmento 2: El pan
Dibujé una sonrisa lo más amplia posible para evitar sospechas. Seguí sonriendo durante casi toda la hora siguiente mientras escuchaba un discurso acalorado de mi hijo mayor sobre el estado de la bolsa de valores. Una de mis nueras me había servido un vaso de refresco que continuó intacto6 sobre la mesa hasta el atardecer, cuando se fueron. En esas circunstancias yo no participo en las conversaciones. De los viejos días algo ha quedado entre nosotros, flotan en el ambiente breves entendimientos, pedazos de memoria que murmuran palabras familiares, intimidades que solo el azar despierta por un instante, porque desde hace un tiempo he comprendido que ellos y yo nunca volveremos a caminar juntos, entregados como están a sus propios cálculos y miserias, circunstancias que a mí, por lo demás, un extraño en mi propia casa, me tienen sin cuidado puesto que no suelo formar parte de sus escenarios.
Estaba yo distraído como nunca con mis propios asuntos porque había conseguido, afortunadamente, pasar desapercibido7, quizás por mi sonrisa idiota y mi concentrada expresión de atención, cuando una de mis nueras, la esposa de mi segundo hijo que estaba colocando los platos sobre la mesa del comedor, hizo un comentario con un tono de voz tan alto que nadie podía dejar de escucharlo.
—¡Qué vajilla tan extraordinaria!
La exclamación detuvo la conversación por un instante, pero nadie dijo nada al respecto, y a los pocos segundos siguieron hablando. Yo continué sonriendo con los ojos entrecerrados8 porque comenzaba a tener algo de sueño y fatiga de verlos, o para ser más justos, de soportarlos. Miré con disimulo duplicado. Me pregunté si todavía sería posible dormir la siesta, puesto que la casa es reducida, de una sola planta, y mi habitación queda a pocos metros de la sala. Tuve un ataque de tristeza y deseos de llorar. Mis ojos se humedecieron mientras me servía un pedazo de pan, el único que había quedado después de que una docena de pares de manos terminara con el resto.
Para expresar mi protesta por lo que consideraba una violación de mis derechos sobre el pan, un molde de pan integral que yo había comprado el día anterior y que solo elaboraban en la panadería los días sábados y que además debía haberme durado toda la semana, cogí la bandeja vacía y la miré largamente con pena.
🍮 Fragmento 3: El desastre
—Sírvase, abuelo —dijo la esposa de mi hijo, el que tiene una amante.
Me colocó la sopera delante de mi plato, de una manera bastante brusca, de esas que, imagino, solo emplean los guardianes cansados de las cárceles cuando distribuyen las raciones, por lo que me serví cuatro grandes cucharadas —aunque la sopa no es un plato que me guste— calculando que así no alcanzaría para todos los comensales9. Tomaba lentamente cuchara tras cuchara, sin perder de vista hacia dónde iba la sopera. Observé que ellos se servían cada vez menos cantidad. A medida que la sopa fue llegando a los niños, el volumen en los platos era cada vez menor.
Con el segundo plato no pude repetir el gesto. Era un detestable arroz con frejoles y pedazos de carne, que es de los que producen gases y no debería comer, por lo que me serví una cantidad diminuta. Pero el postre era un grandioso flan de chocolate coronado10 con docenas de cerezas y crema de leche. Mis hijos habían terminado dos botellas de vino, y hablaban algo afectados por el alcohol. Los pequeños estaban aburridos pero no por eso dejaban de gritar.
Contemplaban con ojos ambiciosos el flan de chocolate y sin considerar que ya habían comido lo suficiente, continuaban por la ruta de los excesos acompañados de los adultos completamente ajenos a este alarde11 exagerado de comida, a la glotonería12 de sus cuerpos y a los grandes mofletes13 de mis nietos, señales de una salud que muy pronto estaría afectada por el sobrepeso.
Cogí el dulce, me serví un pedazo de proporción regular, y deslicé14 suavemente la bandeja hacia el suelo. Contemplé el flan de chocolate esparcido15 por el piso. Algunas cerezas todavía rodaban velozmente en direcciones opuestas sobre la superficie de un ancho mar de crema y trozos de gelatina.
—¡El flan! —gritó una de mis nueras.
Sí, el flan se había roto en miles de pedacitos. En ese momento todos me miraron confusos. Algunos se agacharon a ver el espectáculo de despedazamiento del dulce. Creo que los chicos, especialmente, no lo podían creer. Me parece que a esa edad todavía piensan que los placeres son ilimitados.
La pérdida del postre disminuyó la excitación en la mesa. Casi todos estaban un poco decepcionados y me miraban con reproche disimulado. Por mi parte, y así lo pensé en el momento, no tengo por qué ser bondadoso16 con el género humano, llevo años contemplándolo y si no he visto mucho, por lo menos sí lo suficiente.
Los adultos hicieron que los chicos se levantaran y se fueran a jugar a la sala. Yo continué comiendo mi pedazo de flan, el único que había sobrevivido. Una tetera de café caliente sustituyó el postre para el resto. Me limpié los labios con una servilleta.
—Me disculpan —les dije a todos—, voy a tomar mi siesta.
Como yo no tomo café porque sufro de taquicardia, ellos no insistieron en que me quedara. No sé, en realidad, si es que les alivia17 verme partir. Lo que sí puedo asegurar es que no expresan deseos de conversar conmigo sobre algún punto en particular.
Los dejé ahí, todavía sentados alrededor de la mesa. Ya en mi cuarto, cerré la puerta. Sobre mi mesa de noche, el reloj marcaba las tres. Si con un poco de suerte, me dije, me levantaba dos horas después, quizás ellos ya estuvieran a punto de partir.
Y esa es entonces la hora del domingo en que las aguas mansas regresan a la casa y yo vuelvo a los pocos placeres que me pertenecen, agarrándome la vida que aún me queda.
Texto adaptado de Flan de chocolate, de Pilar Dughi. Perú
- inquietante: que causa preocupación o miedo ↩︎
- sin miramientos: sin respeto ni cuidado ↩︎
- desentonar: contrastar con el entorno ↩︎
- penosa: que causa tristeza o vergüenza ↩︎
- alacena: mueble para guardar comida o utensilios ↩︎
- intacto: sin tocar o sin dañar ↩︎
- pasar desapercibido: no ser notado por los demás ↩︎
- entrecerrados: parcialmente cerrados ↩︎
- comensales: personas que comen en una comida ↩︎
- coronado: con algo en la parte superior, como si fuera una corona ↩︎
- alarde: demostración ostentosa de algo, para presumir ↩︎
- glotonería: comer en exceso ↩︎
- moflete: mejilla, especialmente cuando es muy gruesa ↩︎
- deslizar: mover algo suavemente sobre una superficie ↩︎
- esparcido: distribuido por varios lugares ↩︎
- bondadoso: bueno y amable con los demás ↩︎
- aliviar: hacer que alguien se sienta menos preocupado o tenso ↩︎
📖 Actividad de comprensión lectora
1-Se siente irritado y cansado, pero finge estar contento. Lo hace para evitar preguntas incómodas y conflictos, ya que sus hijos y nueras reaccionan mal si notan su mal humor.
2-Le molesta el desorden, que toquen sus cosas, que cambien el orden de los papeles, que elijan los vinos sin consultarlo… Sus quejas muestran que es un hombre muy ordenado, celoso de su espacio y que necesita control sobre su entorno.
3-Nadie parece tenerlo en cuenta, sus opiniones no cuentan, y su familia usa su casa como si fuera de todos. Él se mantiene al margen, observando sin participar.
4-Todo indica que fue intencionado. Lo hace con calma, casi como una venganza o una manera de recuperar poder dentro del caos.
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