Vamos a practicar la comprensión de lectura con un fragmento adaptado de La casa de los espĆritus, la novela mĆ”s conocida de la escritora chilena Isabel Allende. El texto original es de nivel C1-C2, pero el texto adaptado es de nivel B2. Es la adaptación del primer capĆtulo del libro y estĆ” dividida en varios fragmentos, con un ejercicio por cada fragmento y una actividad final de comprensión lectora. Estas actividades interactivas son una versión reducida de la explotación didĆ”ctica completa para descargar.
Si hablamos de referentes del realismo mĆ”gico, debemos mencionar a Isabel Allende. Por otro lado, hablar de las mejores novelas de literatura en espaƱol del siglo XX es hacer mención, sin duda alguna, a La casa de los espĆritus. Isabel Allende escribió esta novela Ā«para sacarse del alma los fantasmasĀ» cuando era casi desconocida y estaba exiliada en Caracas, Venezuela. Todo comenzó con una larga carta que escribió a su abuelo moribundoā¦, carta que dio origen a las mĆ”s de 450 pĆ”ginas de La casa de los espĆritus. La novela fue rechazada en varias editoriales del lugar hasta que, finalmente, se lanzó con Ć©xito en EspaƱa, de donde saltó a Europa e HispanoamĆ©rica y terminó llegando al Chile de Pinochet, donde se colaba de contrabando evitando la censura. A partir de ahĆ explotó el fenómeno Allende; segĆŗn muchos, Ā«la mujer que faltaba en el boom latinoamericanoĀ».
El primer capĆtulo del libro se sitĆŗa en Jueves Santo a principios del siglo XX. Ā”LĆ©elo y descubre lo que ocurre, en plena Semana Santa, en la misa del domingo a las doce!
Lectura adaptada B2: La casa de los espĆritus
āļø Fragmento 1: Jueves Santo
BarrabĆ”s llegó a la familia por vĆa marĆtima, anotó la niƱa Clara con su delicada caligrafĆa. Ya entonces tenĆa el hĆ”bito de escribir las cosas importantes y mĆ”s tarde, cuando se quedó muda, escribĆa tambiĆ©n las cosas sin importancia. El dĆa que llegó BarrabĆ”s era Jueves Santo. VenĆa en una jaula indigna, cubierto de sus propios excrementos y orines, con una mirada extraviada de preso infeliz e indefenso, pero ya se adivinaba āpor el tamaƱo de su esqueletoā el gigante legendario que llegó a ser. Aquel era un dĆa aburrido y otoƱal, que en nada presagiaba1 los acontecimientos que la niƱa escribió para que fueran recordados y que ocurrieron durante la misa de doce, en la parroquia de San SebastiĆ”n, a la cual asistió con toda su familia. En seƱal de duelo, los santos estaban tapados con trapos morados, que las beatas rescataban anualmente del ropero de la sacristĆa, y bajo las sĆ”banas de luto, la corte celestial parecĆa una confusión de muebles esperando la mudanza, sin que las velas, el incienso o los gemidos del órgano, pudieran contrarrestar ese lamentable2 efecto. Se erguĆan3 amenazantes bultos oscuros en el lugar de los santos de cuerpo entero, con sus rostros idĆ©nticos de expresión constipada, sus elaboradas pelucas de cabello de muerto, sus rubĆes, sus perlas, sus esmeraldas de vidrio pintado y sus vestuarios de nobles. El Ćŗnico favorecido con el luto era el patrono de la iglesia, san SebastiĆ”n, porque en Semana Santa le ahorraba a los fieles el espectĆ”culo de su cuerpo torcido en una postura indecente, atravesado por media docena de flechas, con chorros de sangre y lĆ”grimas, con llagas milagrosamente frescas gracias al pincel del padre Restrepo que hacĆan estremecer4 de asco a Clara.
Era esa una larga semana de penitencia y de ayuno, no se jugaba baraja, no se tocaba mĆŗsica que empujara a la lujuria o al olvido, y se mostraba, dentro de lo posible, la mayor tristeza y castidad, a pesar de que justamente en esos dĆas, el demonio tentaba con mayor insistencia la dĆ©bil carne católica. El ayuno consistĆa en suaves pasteles de hojaldre, sabrosos guisos de verdura, esponjosas tortillas y grandes quesos traĆdos del campo, con los que las familias recordaban la Pasión del SeƱor, cuidĆ”ndose de no probar ni el mĆ”s pequeƱo trozo de carne o de pescado, bajo pena de excomunión, como insistĆa el padre Restrepo. Nadie se habrĆa atrevido a desobedecerle. El sacerdote tenĆa un largo dedo incriminador5 para apuntar a los pecadores en pĆŗblico y una lengua entrenada para alborotar6 los sentimientos.
āŖ Fragmento 2: los sermones del padre Restrepo
āĀ”TĆŗ, ladrón que has robado el dinero del culto! āgritaba desde el pĆŗlpito seƱalando a un caballero que fingĆa quitarse una pelusa de su camisa para no darle la caraā. Ā”TĆŗ, desvergonzada que te prostituyes en los muelles! āy acusaba a doƱa Ester Trueba, en silla de ruedas debido a la artritis y beata de la Virgen del Carmen, que abrĆa los ojos sorprendida, sin saber el significado de aquella palabra ni dónde quedaban los muellesā. Ā”ArrepentĆos, pecadores, inmunda7 carroƱa8, indignos del sacrificio de Nuestro SeƱor! Ā”Ayunad! Ā”Haced penitencia!
Llevado por el entusiasmo, el sacerdote debĆa contenerse para no desobedecer las instrucciones de sus superiores eclesiĆ”sticos, sacudidos por vientos de modernismo, que se oponĆan a la flagelación9. Ćl era partidario de vencer las debilidades del alma con una buena azotaina10de la carne. Era famoso por la intensidad de sus discursos. Lo seguĆan sus fieles de parroquia en parroquia, sudaban oyĆ©ndolo describir los tormentos de los pecadores en el infierno, las carnes desgarradas por ingeniosas mĆ”quinas de tortura, los fuegos eternos, los ganchos que atravesaban los miembros viriles, los asquerosos reptiles que se introducĆan por los orificios11 femeninos y otros mĆŗltiples sufrimientos que incorporaba en cada sermón para difundir el terror de Dios. El mismo SatanĆ”s era descrito hasta en sus mĆ”s Ćntimos detalles con el acento de Galicia del sacerdote, cuya misión en este mundo era sacudir las conciencias de los desganados criollos.
Severo del Valle era ateo y masón, pero tenĆa ambiciones polĆticas y no podĆa darse el lujo de faltar a la misa mĆ”s popular cada domingo, para que todos pudieran verlo. Su esposa NĆvea preferĆa entenderse con Dios sin intermediarios, tenĆa profunda desconfianza de las sotanas y se aburrĆa con las descripciones del cielo, el purgatorio y el infierno, pero acompaƱaba a su marido en sus ambiciones parlamentarias, en la esperanza de que si Ć©l ocupaba un puesto en el Congreso, ella podrĆa obtener el voto femenino, por el cual luchaba desde hacĆa diez aƱos, sin que sus mĆŗltiples embarazos lograran desanimarla. Ese Jueves Santo el padre Restrepo habĆa llevado a los oyentes al lĆmite de su resistencia con sus visiones apocalĆpticas y NĆvea empezó a sentir mareos. Se preguntó si no estarĆa nuevamente embarazada. A pesar de los lavados con vinagre, habĆa dado a luz quince hijos, de los cuales todavĆa quedaban once vivos, y tenĆa razones para suponer que ya estaba entrando en la madurez, pues su hija Clara, la menor, tenĆa diez aƱos. ParecĆa que por fin se habĆa calmado su asombrosa fertilidad. Se dijo que su malestar se debĆa al momento del sermón del padre Restrepo cuando la apuntó para referirse a los hipócritas que pretendĆan legalizar a los bastardos y al matrimonio civil, destruyendo la familia, la patria, la propiedad y la Iglesia, dando a las mujeres la misma posición que a los hombres, en abierto desafĆo a la ley de Dios, que en ese aspecto era muy precisa.
š¢ Fragmento 3: La belleza marĆtima de Rosa
NĆvea y Severo ocupaban, con sus hijos, toda la tercera fila de bancos. Clara estaba sentada al lado de su madre y esta le apretaba la mano con impaciencia cuando el sacerdote hablaba demasiado sobre los pecados de la carne, porque sabĆa que eso hacĆa que la pequeƱa visualizara monstruosidades que iban mĆ”s allĆ” de la realidad, como era evidente por las preguntas que hacĆa y que nadie sabĆa contestar. Clara era muy inteligente para su edad y tenĆa la abundante imaginación que heredaron todas las mujeres de su familia por vĆa materna. La temperatura de la iglesia habĆa aumentado y el olor intenso de las flores, el incienso y la multitud, contribuĆan a la fatiga de NĆvea. Deseaba que la ceremonia terminara de una vez, para regresar a su fresca casa y saborear la jarra de horchata que la Nana preparaba los dĆas de fiesta. Miró a sus hijos, los menores estaban cansados, rĆgidos en su ropa de domingo, y los mayores comenzaban a distraerse. Miró a Rosa, la mayor de sus hijas vivas, y, como siempre, se sorprendió. Su extraƱa belleza tenĆa una cualidad perturbadora12 pues parecĆa fabricada de un material diferente al de la raza humana. NĆvea supo que no era de este mundo aun antes que naciera, porque la vio en sueƱos, por eso no le sorprendió que la comadrona13 diera un grito al verla. Al nacer, Rosa era blanca, lisa, sin arrugas, como una muƱeca, con el cabello verde y los ojos amarillos, la criatura mĆ”s hermosa que habĆa nacido en la tierra desde los tiempos del pecado original, como dijo la comadrona santiguĆ”ndose. Desde el primer baƱo, la Nana le lavó el pelo con infusión de manzanilla, lo cual consiguió suavizar el color, dĆ”ndole una tonalidad de bronce viejo, y la ponĆa desnuda al sol, para fortalecer su piel, que era transparente en las zonas mĆ”s delicadas del vientre y de las axilas, donde se adivinaban las venas y la textura secreta de los mĆŗsculos. Aquellos trucos de gitana, sin embargo, no fueron suficiente y muy pronto se corrió la voz14 de que les habĆa nacido un Ć”ngel. NĆvea esperó que la adolescencia concederĆa a su hija algunas imperfecciones, pero nada de eso ocurrió, por el contrario, a los dieciocho aƱos Rosa no habĆa engordado y no le habĆan salido granos, sino que su belleza marĆtima se habĆa hecho aĆŗn mĆ”s evidente. El tono de su piel, con suaves reflejos azulados, y el de su cabello, la lentitud de sus movimientos y su carĆ”cter silencioso, recordaban a un habitante del agua. TenĆa algo de pez y si hubiera tenido una cola con escamas habrĆa sido claramente una sirena, pero sus dos piernas la colocaban en un lĆmite impreciso entre la criatura humana y el ser mitológico. A pesar de todo, la joven habĆa hecho una vida casi normal, tenĆa un novio y algĆŗn dĆa se casarĆa, con lo cual la responsabilidad de su hermosura pasarĆa a otras manos.
šŗ Fragmento 4: Las bestias de Rosa y NĆvea, la sufragista
Rosa inclinó la cabeza y un rayo se filtró por las cristaleras góticas de la iglesia, iluminando su perfil. Algunas personas se dieron vuelta para mirarla y cuchichearon, como a menudo ocurrĆa a su paso, pero Rosa no parecĆa darse cuenta de nada, era inmune15 a la vanidad16 y ese dĆa estaba mĆ”s ausente que de costumbre, imaginando nuevas bestias para bordar en su mantel, mitad pĆ”jaro y mitad mamĆfero, cubiertas con plumas y con cuernos y pezuƱas, tan gordas y con alas tan breves, que desafiaban las leyes de la biologĆa y de la aerodinĆ”mica. Rara vez pensaba en su novio, Esteban Trueba, no por falta de amor, sino a causa de su carĆ”cter olvidadizo y porque dos aƱos de separación son mucha ausencia. Ćl estaba trabajando en las minas del Norte. Le escribĆa regularmente y a veces Rosa le contestaba enviando versos copiados y dibujos de flores en papel de pergamino con tinta china. Entretanto, lo aguardaba sin aburrirse, concentrada en la gigantesca tarea que se habĆa impuesto17: bordar el mantel mĆ”s grande del mundo. Comenzó con perros, gatos y mariposas, pero pronto la fantasĆa se apoderó18 de su labor y fue apareciendo un paraĆso de bestias imposibles que nacĆan de su aguja ante los ojos preocupados de su padre. Severo consideraba que era tiempo de que su hija pusiera los pies en la realidad, que aprendiera algunos oficios domĆ©sticos y se preparara para el matrimonio, pero NĆvea no compartĆa esa inquietud. Ella preferĆa no molestar a su hija con exigencias terrenales, pues presentĆa que Rosa era un ser celestial, que no estaba hecho para durar mucho tiempo en el trĆ”fico grosero de este mundo, por eso la dejaba en paz con sus hilos dĆ© bordar y no se oponĆa a aquel zoológico de pesadilla.
Una varilla del corsĆ© de NĆvea se rompió y la punta se le clavó entre las costillas. Sintió que se ahogaba dentro del vestido de terciopelo azul, el cuello de encaje demasiado alto, las mangas muy estrechas, la cintura tan ajustada, que cuando se soltaba la faja pasaba media hora con retorcijones19 de barriga hasta que las tripas volvĆan a su posición normal. Lo habĆa discutido a menudo con sus amigas sufragistas y habĆan llegado a la conclusión de que mientras las mujeres no se cortaran las faldas y el pelo y no se quitaran los refajos20, daba igual que pudieran estudiar medicina o tuvieran derecho a voto, porque de ningĆŗn modo tendrĆan Ć”nimo para hacerlo, pero ella misma no tenĆa valor para ser de las primeras en abandonar la moda. Notó que la voz de Galicia habĆa dejado de martillarle21 el cerebro. Se encontraba en una de esas largas pausas del sermón que el cura, conocedor del efecto de un silencio incómodo, empleaba con frecuencia.
šØļø Fragmento 5: El comentario de Clara
Sus ojos ardientes aprovechaban esos momentos para recorrer a los feligreses uno por uno. NĆvea soltó la mano de su hija Clara y buscó un paƱuelo en su manga para secarse una gota que le resbalaba por el cuello. El silencio se hizo denso, el tiempo pareció detenido en la iglesia, pero nadie se atrevió a toser o a acomodar la postura, para no atraer la atención del padre Restrepo. Sus Ćŗltimas frases todavĆa vibraban entre las columnas.
Y en ese momento, como recordarĆa aƱos mĆ”s tarde NĆvea, en medio de la ansiedad y el silencio, se escuchó con toda claridad la voz de su pequeƱa Clara.
āĀ”Pst! Ā”Padre Restrepo! Si el cuento del infierno fuera pura mentira, nos vamos la cresta todosā¦
El dedo Ćndice del jesuita, que ya estaba en el aire para seƱalar nuevos suplicios22, quedó suspendido como un pararrayos sobre su cabeza. La gente dejó de respirar y los que estaban cabeceando23 se reanimaron. Los esposos Del Valle fueron los primeros en reaccionar al sentir que los invadĆa el pĆ”nico y al ver que sus hijos comenzaban a agitarse nerviosos. Severo comprendió que debĆa actuar antes que estallara la risa colectiva u ocurriera algĆŗn cataclismo celestial. Tomó a su mujer del brazo y a Clara por el cuello y salió arrastrĆ”ndolas a grandes zancadas, seguido por sus otros hijos, que corrieron hacia la puerta. Alcanzaron a salir antes que el sacerdote pudiera invocar un rayo que los convirtiera en estatuas de sal, pero desde el umbral24 escucharon su terrible voz de arcĆ”ngel ofendido.
āĀ”Endemoniada! Ā”Soberbia endemoniada!
Esas palabras del padre Restrepo permanecieron en la memoria de la familia con la gravedad de un diagnóstico y, en los años siguientes, tuvieron ocasión de recordarlas a menudo. La única que no volvió a pensar en ellas fue la misma Clara, que simplemente las anotó en su diario y luego las olvidó.
Texto adaptado de La casa de los espĆritus, de Isabel Allende. Chile
- presagiar: anunciar que algo va a ocurrir ā©ļø
- lamentable: que produce una mala impresión ā©ļø
- erguirse: alzarse, elevarse ā©ļø
- estremecer: temblar por emoción, miedo o frĆo ā©ļø
- incriminador: que sugiere que alguien es culpable ā©ļø
- alborotar: alterar, excitar ā©ļø
- inmunda: sucia y asquerosa ā©ļø
- carroƱa: carne podrida; persona, idea o cosa despreciable ā©ļø
- flagelación: castigo fĆsico ā©ļø
- azotaina: golpiza; serie de golpes dados con la mano o un objeto ā©ļø
- orificios: agujeros ā©ļø
- perturbadora: inquietante ā©ļø
- comadrona: mujer que ayuda en el parto ā©ļø
- correrse la voz: difundirse una noticia entre la gente ā©ļø
- inmune: que no puede ser afectada/o por un un daƱo ā©ļø
- vanidad: orgullo excesivo por la propia apariencia o cualidades ā©ļø
- imponer: poner una obligación ā©ļø
- apoderarse (de algo): tomar control o posesión de algo ā©ļø
- retorcijones: dolores fuertes y repetidos en el abdomen ā©ļø
- refajo: falda interior ā©ļø
- martillar: golpear repetidamente, como con un martillo; atormentar ā©ļø
- suplicios: sufrimientos fĆsicos o mentales muy fuertes ā©ļø
- cabecear: mover la cabeza hacia adelante sin querer, a causa del sueƱo ā©ļø
- umbral: parte inferior del hueco de una puerta ā©ļø

