Historia de fantasía para aprender español con actividades de comprensión lectora: Olvidado rey Gudú de Ana María Matute

Olvidado rey Gudú: Historia de fantasía para aprender español

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Enara Villán Mirás

En esta página encontrarás un fragmento adaptado de Olvidado rey Gudú, de la escritora española Ana María Matute, una historia de fantasía para aprender español con algunas actividades para trabajar la comprensión lectora y el vocabulario en clase de ELE. Es una lectura pensada para estudiantes de español de nivel B2 alto. Las actividades que encontrarás en esta página son una pequeña muestra de la propuesta didáctica; puedes descargar aquí la explotación completa para trabajar el texto en profundidad.

Olvidado rey Gudú es una novela de fantasía publicada por Ana María Matute en 1996. La obra combina elementos fantásticos con aventuras, personajes y conflictos de los mundos de fantasía clásicos. En este fragmento se cuenta la llegada de la Princesa Tontina y su recibimiento por parte de la corte de la Reina Ardid.

Historia de fantasía para aprender español: Olvidado rey Gudú de Ana María Matute

Historia de fantasía para aprender español - Mapa del reino
Reino de Olar

🚢 Fragmento 1: La princesa no baja del barco

Tontina, la Princesa, llegó cuando estaba a punto de nacer la fría primavera del Reino de Olar. Desembarcó en los Bosques que pertenecían a las regiones conquistadas anteriormente por el antiguo Rey Volodioso.

Se trataba de unos bosques muy oscuros, donde las gentes vivían llenas de temor: se conocían rumores sobre apariciones y brujerías, gnomos y trasgos de enemistad evidente hacia los humanos. Y era por ello que las aldeas de aquella región eran muy escasas, y sus habitantes eran gentes salvajes y muy silenciosas, que odiaban tanto al Rey Volodioso —de su hijo Gudú no tenían noticias— como a los Piratas del Norte que, en ocasiones, los invadían1, robaban e incendiaban. Estos piratas, rubios y de largas trenzas2, tenían la zona muerta de miedo, de modo que, en tiempos lejanos, el Rey Volodioso había instalado allí una guarnición3 pequeña, al mando del Duque Simonork. Este hombre, de aspecto poco pacífico y costumbres más que rudas4, mantenía en una paz basada en el terror aquella orilla del río que señalaba el fin del Reino por su zona Norte.

Simonork, por cuestiones geográficas, fue el encargado de recibir a la Princesa: en cuanto divisara la nave, tenía ordenado ayudarla a desembarcar, con todo honor, de forma que nada faltase a ella ni a sus acompañantes. Luego, debía llevarla hasta la ciudad y el Castillo del Reino de Olar. De esta forma estaban dadas las órdenes, cuando un emisario5 del Duque Simonork llegó con una extraña noticia que dejó asombrada a la Reina Ardid: la nave de la Princesa Tontina había llegado por el Río Azul, y Simonork se había preparado para cumplir las órdenes. Lo cierto es que la nave se hallaba anclada en la frontera del país, pero sus componentes —Princesa incluida— no parecían dispuestos a pisar tierra.

—Pues, ¿cuál es la razón de esta negativa? —preguntó la Reina al fatigado6 emisario.

—En verdad, Señora, no existe una negativa —dijo el emisario—. Pues la Princesa y sus gentes —que os confieso, son curiosas de veras— no se niegan a desembarcar. Lo único que ocurre es que no lo hacen.

—¿Y qué argumentan, para ello? —se impacientó la Reina Ardid—. Supongo que Simonork les invita de la mejor manera.

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Encuentra en el texto los verbos o adjetivos derivados de los siguientes sustantivos:

🚢 Fragmento 2: La princesa sigue sin bajar del barco

—No lo dudéis, Señora —dijo el emisario—, y le aseguro que todos estamos muy admirados de la gracia y dulzura con que lo hace. Pero tanto la Princesa como sus gentes se ríen, y no desembarcan.

—¿Se ríen? —se extrañó Ardid—. Explicadme mejor eso.

—No puedo explicar más —dijo el hombre—. Porque no ocurre otra cosa: cuando mi Señor les insiste en el hecho, la Princesa y sus acompañantes se asoman a la borda, nos tiran objetos muy raros y, como digo, se ríen. Solo en una ocasión la Princesa ha dicho: «Bueno, hay tiempo, algún día bajaremos». Y desde entonces han pasado muchos días, mi Señora.

—¿Qué objetos os tiran? —dijo la Reina, sin entender ni una palabra de todo aquello.

—Pues, algo así como pedazos de pastel, semillas de melocotón, y alguna que otra bolita de vidrio como esta.

Y sacándose del bolsillo una pequeña esfera de color azul, la puso en la mano de la desconcertada Ardid.

—Creo —dijo esta al fin— que debo ir yo misma a su encuentro. Quizás le ofenda que solo un Duque vaya a esperarla. Seguramente hemos cometido una grave falta de tacto7.

Y se dijo que mucho tenían que aprender todos —ella incluida— en cuanto a modales, ya que de una auténtica y verdadera Princesa se trataba, y no de una Princesa falsa. Llamó entonces al Trasgo y le consultó la cuestión:

—No entiendo bien el asunto —dijo este—, pero de todos modos, lo reflexionaré.

Al de poco tiempo, regresó por el tubo de la chimenea de la Reina, y dijo:

—Hay algo que intuyo y no puedo aclarar. Pero de lo que estoy seguro es de que no hay ninguna mala intención en esa actitud. Las estrellas de este mes están de acuerdo en una sola cosa: que la Princesa Tontina y sus acompañantes se encuentran muy bien en la nave y no tienen ganas de bajar a tierra: pero no por un motivo especial, sino simplemente porque no tienen ganas de hacerlo.

—Mucha inconsciencia me parece esa para una futura Reina —dijo Ardid, recuperando su tranquilidad—. Pero, en fin, es joven, así que tiempo habrá de hacerla cambiar, en este y en cualquier otro sentido.

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Encuentra sinónimos de las siguientes palabras:

🤴🏾 Fragmento 3: El recibimiento del príncipe

Ya se disponía la Reina a iniciar su viaje en busca de la futura nuera8, cuando otro emisario llegó, más sudoroso y cansado que el primero, con la noticia de que por fin, y en el momento más impensado, la Princesa y sus acompañantes habían descendido de la nave y se dirigían hacia el Castillo de Olar.

A partir de aquel momento, una desconocida atmósfera, algo como la brisa de un sueño, pareció instalarse en la ciudad de Olar y sus cercanías, especialmente hacia el Norte. Era algo extraño, como un perfume sutil y misterioso, que movía los tapices9 de las ventanas y paredes, que levantaba los cabellos de las damas y los niños con dulzura y encanto muy particular.

—Me digo —continuó la Reina, asomándose a la ventana— que toda esta historia se deberá quizás a que la primavera está cerca.

—Sí —dijo el Trasgo—. Andando por el subterráneo del campo Sur he visto cómo la primavera empujaba la tierra con todas sus fuerzas. Le dije: «¿Qué estás haciendo?», y ella contestó: «Tengo prisa: este año debemos brotar muy temprano, porque alguien viene pisándonos los talones10». Tal vez, pienso ahora, se refería a la Princesa y sus acompañantes.

Cuando el grupo se halló ya muy cerca de la Puerta Norte de la ciudad, dieciséis pajes11 lujosamente trajeados, de los más hermosos que se hallaron, anunciaron, con el largo grito de trompetas doradas, la llegada de la Princesa Tontina, futura esposa del Rey y futura Reina de todos aquellos que en Olar vivían.

Como encargado de estas ceremonias, el Príncipe Almíbar hizo abrir de par en par12 las puertas de la muralla y bajar el puente. Dos filas de soldados aguardaban a ambos lados; y todos los pajes, criados, nobles y damas aparecían vestidos con sus mejores galas13, dispuestos a recibir, muertos de curiosidad, a su futura Reina.

Todas las cabezas y ojos se dirigían hacia la puerta por donde la Princesa debía entrar. Así, ante el asombro de todos, apareció la Guardia Real más extraordinaria14 que jamás vieran sus ojos. Todos aquellos soldados iban vestidos como verdaderos príncipes: armaduras luminosas, collares de piedras preciosas, cascos brillantes como la plata, lanzas que brillaban como si fueran de oro, cinturones dorados y finos zapatos teñidos de azul.

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Las perífrasis verbales aspectuales como disponerse a + infinitivo son muy útiles para contar historias. Nos hablan de la acción: si va a empezar, si ha empezado… Clasifica.

🏰 Fragmento 4: En el castillo

Cuando Almíbar, con la boca más abierta de lo acostumbrado, de forma que casi parecía un horno esperando las hogazas15, tuvo ante sí tan magníficos trajes, sintió un dolor en el corazón y sus ojos se llenaron de lágrimas. De pronto, su blusa, sus collares, sus medias y sus zapatos, así como su sombrero de tonos castaño-dorados, con hebilla16 de oro, le convertían, en vez de en el elegante y caprichoso Príncipe por el que se le tenía —y en verdad le tenían todos—, en algo parecido a un cualquiera presumido y de gestos groseros. Tan humillado se sintió con esta íntima comparación, que su cabeza se hundió17 miserablemente18 entre los hombros.

Dos pajes avanzaron entonces, y rodilla en tierra uno de ellos dijo:

—Estos son los presentes que os ofrece nuestra Señora la Princesa —no dijeron el nombre, como si la Princesa fuera la suma de todas y la mejor de ellas.

Ante los asombrados ojos de Ardid, aparecieron las piedras y perlas más brillantes, grandes y extraordinarias que nunca había visto. Había rubíes y esmeraldas como huevos de paloma, topacios y diamantes de tamaño jamás imaginado. Una exclamación de asombro —y de envidia incontenible— salió de todos los pechos.

Con su más espléndida sonrisa, Ardid se apresuró a bajar las escaleras, con los brazos amorosamente extendidos, hacia la carroza19 que en aquel instante se detenía en el centro del patio.

Un paje de gran elegancia se dispuso a abrir la portezuela, colocando antes en el suelo un cojín de tal majestuosidad, que bien lo hubieran deseado en Olar para reposar en él la corona. Una vez abierta esta puertecilla, saltó con gran habilidad una figura menuda, envuelta en un manto blanquísimo que la cubría enteramente, desde la capucha20 hasta el pequeño pie con calzado blanco.

Sin grandes formalidades y con un paso verdaderamente gracioso, avanzó hacia la Reina. Pero, en vez de la delicadísima reverencia21 que todos esperaban, la Princesa corrió hacia la Reina y se colgó de su cuello. Y vieron unos delgados y elegantes brazos vestidos de brillante azul surgir del manto blanco; y oyeron una risa muy particular, que despertó un suave escalofrío en todos los presentes. Y aún no había decidido Ardid qué actitud debía tomar ante el inesperado saludo, cuando la Princesa dejó caer el manto al suelo —al mismísimo suelo, y no en las manos del paje que la seguía—. Entonces apareció la criatura22 más extraña, y al mismo tiempo más bella, que los ojos de Olar habían visto nunca.

El aire de la mañana era tan brillante y suave —como si se tratase del auténtico primer día de la primavera—, que los cabellos de la Princesa brillaron sobre su espalda y hombros sin más complicación que un detalle curioso: rozando23 sus mejillas se agitaban dos delgadísimas trenzas, iguales a las que, en alguna ocasión, habían visto a los guerreros del norte. Eran hilos de luz, suaves como el viento sobre el Lago. Aquellos cabellos eran de un color tan extraordinario que la Reina no pudo evitar decirse: «Yo creía que mis trenzas eran rubias como el oro. Así me lo decían todos y yo misma lo veía, pero al ver los cabellos de esta criatura, los míos me parecen del más ordinario castaño… Esta Princesa es la princesa más rubia de todas las princesas rubias que en el mundo hayan existido. Esto es ser rubia, y lo demás, tonterías».

La Princesa, mientras tanto, besó a la Reina —que recibió con gran sorpresa tales muestras de cariño, poco habituales en aquella Corte, excepto en la intimidad—. Después, con una voz muy particular —una voz que no era de mujer, ni de muchacha, ni de niña; una voz suave pero oscura y brillante al mismo tiempo; una voz como llegada a través de muchos días de niebla, atravesada por un sol naciente, como si rozase la superficie del agua; una voz que, para decirlo de una vez, no había oído jamás nadie en ser humano alguno ni, pensó Ardid, en ser de especie alguna—, dijo:

—Buenos días, madre, deseo que hayáis dormido mucho y bien.

Nunca había osado24 nadie decir tales palabras y menos a la Reina Ardid —pues, entre otras cosas, se sospechaba que dormía con un ojo cerrado y otro abierto—, además de que estaba ya muy avanzada la mañana y, en aquella Corte, según las duras costumbres de Ardid, la jornada comenzaba poco después del amanecer. Aún añadió la Princesa:

—Madre, tenemos hambre.

Dicho lo cual se volvió hacia los presentes, repentinamente seria. Todos pudieron ver entonces que aquella seriedad era también una seriedad muy extraordinaria: porque incluso si parecía que hubieran muerto sin remedio, y para siempre, todas las sonrisas del mundo, no era en modo alguno triste, ni seca, ni dura. Era simplemente la más inocente, concentrada, sorprendida y profunda seriedad del mundo. Les observó a todos, lentamente, y al fin murmuró:

—Qué gente tan divertida.

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Dibuja al príncipe Almíbar.

👑 Fragmento 5: La princesa es un poco rara

Palabras que, claramente, contrastaban con la expresión de sus ojos. Y estos, de pronto, aparecieron a todos los presentes como los más inquietantes del mundo. Pues, aunque transparentes como la más brillante piedra marina, eran a la vez capaces de llegar hasta los secretos más íntimos —y tal vez no muy limpios— de todas las almas. Unos ojos de tal brillo, que parecían tener luz interna y rechazar toda otra luz, del sol, el cielo, la luna o las mismas estrellas. Eran ojos que, aun en la más negra oscuridad, serían capaces de iluminar la tierra, como si la luz jamás pudiera abandonarlos, o ellos mismos fueran parte de la luz.

La Reina tomó entre las suyas las manos de la Princesa y comprobó con asombro que no llevaba guantes, ni anillo, ni adorno alguno: solo se enrollaba y desenrollaba, como jugando, un trozo de cinta azul en el dedo, en actitud reflexiva. Pasó esto por alto25, y dijo:

—Mi queridísima Princesa, os ruego tengáis a bien entrar en este Castillo, que os recibe como a quien iluminará, en su día (desde el punto y hora en que os unáis a mi hijo el Rey Gudú), en soberana y Señora muy amada de estas tierras.

Pero el final de estas frases, tan cuidadosamente pensadas días antes por Ardid, se perdieron en la evidente distracción de la Princesa, que, en aquel instante, observaba con gran curiosidad las piedras del broche26 que cerraba el cuello de la Reina madre:

—¿Qué son esas piedritas? —dijo.

La Reina quedó muda de asombro.

—Querida hija —dijo al fin, pensando que este tratamiento tal vez era más adecuado a tan curioso personaje—, mucho me sorprende lo que decís, porque las piedras preciosas que habéis tenido la amabilidad de ofrecerme, así como las que adornan a vuestros acompañantes, son mucho más hermosas que estas.

—¿Qué? —respondió ella, con aire inocente e ignorante —. ¿Piedras preciosas? Ah, ya, ¿habláis sobre las de ese cofre y las de mis amigos?

Tras estas palabras, hizo un pequeño gesto con hombros y cabeza —tan pequeño que nadie pudo interpretar si era de duda o de revelación o de un gran desinterés—, y sin ningún protocolo echó a correr escaleras arriba con tal rapidez que ni siquiera el pequeño perrito a manchas negras y blancas que apareció de entre su manto, pudo alcanzarla. Y mientras subía, la Reina y todos creyeron entender que murmuraba:

—Vamos a ver qué hay tras esas puertas tan sucias…

Texto adaptado de Olvidado rey Gudú, de Ana María Matute. España
(Historia de fantasía para aprender español)

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Ordena lo que ocurre en este fragmento. Después, comenta qué te ha parecido esta historia de fantasía para aprender español.

  1. invadir: entrar en un lugar sin permiso o a la fuerza ↩︎
  2. trenza: tres o más mechones de pelo entrelazados ↩︎
  3. guarnición: grupo de soldados ↩︎
  4. ruda/o: poco delicada/o ↩︎
  5. emisario: persona que lleva un mensaje o encargo ↩︎
  6. fatigado: cansado ↩︎
  7. tacto: habilidad para actuar con delicadeza y respeto con los demás ↩︎
  8. nuera: esposa del hijo o hija de alguien ↩︎
  9. tapiz: tela grande que se usa para decorar paredes ↩︎
  10. pisar los talones: seguir a alguien muy de cerca ↩︎
  11. paje: criado que acompaña a sus señores ↩︎
  12. abrir de par en par: abrir completamente ↩︎
  13. galas: ropa o adornos elegantes para ocasiones especiales ↩︎
  14. extraordinaria: que es fuera de lo común, especial o sorprendente ↩︎
  15. hogaza: pan grande y redondo ↩︎
  16. hebilla: pieza de metal o plástico que sirve para cerrar o ajustar cinturones, zapatos o correas ↩︎
  17. hundir: hacer que algo se vaya hacia abajo ↩︎
  18. miserablemente: tristemente ↩︎
  19. carroza: vehículo antiguo tirado por caballos ↩︎
  20. capucha: parte de una prenda que cubre la cabeza ↩︎
  21. reverencia: inclinación del cuerpo o la cabeza en señal de respeto ↩︎
  22. criatura: ser vivo, especialmente un niño o un animal ↩︎
  23. rozar: tocar ligeramente ↩︎
  24. osar: atreverse a hacer algo ↩︎
  25. pasar por alto: no prestar atención a algo o no darle importancia ↩︎
  26. broche: cierre o adorno para la ropa ↩︎

📖 Actividad de comprensión lectora

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¿Quién hace qué? Marca en la tabla cuál de los 6 personajes principales hace cada cosa.

Texto adaptado para español B2 con ejercicios

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